jueves, 2 de febrero de 2017

Corrupción, los años perdidos.





Muchos son los problemas a los que se enfrenta nuestra nación, múltiples las causas, que conforme se ahonda en ellas, se vuelven difusas, y la brecha entre la realidad y la ficción, se empequeñece hasta perderla de vista.


La palabra que define la política mexicana en el consciente colectivo, se ha convertido, por antonomasia, en corrupción. No podemos hablar de una sin la otra, se han transformado en una dualidad conceptual casi semántica, son los pares venenosos que han transformado el noble ejercicio de la política en algo mezquino, en una herramienta de enriquecimiento inmoral, obsceno, en una pequeña red imperial de compadres y familiares que monopolizaron el negocio más lucrativo y cómodo para quien aspira a la vida fácil.


Pero la raíz de la corrupción, el problema flagrante y omnipresente de nuestro país, se remonta a las viejas traiciones de personajes oportunistas que se valieron de la burda ignorancia del pueblo para satisfacer sus propios intereses, va aún más allá de los tiempos de revueltas del México porfirista, aunque, cuanto más alejado al presente se ve el síntoma, menos probable es encontrar la cura.


Podemos acortar nuestro rastreo a los años en que el PRI consolidó su hegemonía siendo “la dictadura perfecta” como alguna vez la llamó el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, el PRI mantuvo su estatus de partido imbatible a costa de políticas populistas que se beneficiaban de la necesidad del pueblo, usando recursos del erario que eran gestionados por los ejecutivos de su partido, disponían de ellos, además del propio enriquecimiento, como medio para comprar y favorecer el voto de las masas, que los vitoreaban como benefactores de la sociedad en su ignorancia política.


De esta forma no solo la alta burocracia de hegemonía priista se valía de la corrupción para mantener su estatus, el resto de la media y baja burocracia, incurría en prácticas de corrupción sostenida por los sindicatos, creados para velar los derechos del pueblo y convertidos en semilleros de líderes sindicales al servicio de los intereses partidistas de sus patrocinadores, de quien se aprovechaban para enriquecer a sus aliados que con el tiempo los catapultarían a la misma mafia de quien se apadrinaban.


El sindicato petrolero, de maestros, electricistas y muchos otros más dependientes de estatales y paraestatales, han entorpecido la productividad nacional al incurrir en estas mismas prácticas, herencia cultural de la marginación sostenida en frases como “el que no tranza, no avanza” símbolo literario de la desunión y del antivalor cívico de anteponer el beneficio propio por el colectivo, perdiendo los más elementales valores civiles que constituyen la fortaleza de una nación.



México ha superado el periodo de negación para enfrentarse al periodo de la ira optimista que urge al cambio, desafortunadamente, una nación poco versada en el ejercicio político tiende a denostar la protesta, le cuesta dirigirla y coordinarla hasta que se topa con la infranqueable barrera de la densa burocracia, de los medios pagados y la descalificación, hasta que toque fondo y se aleje de los vicios del populismo y el frenesí coercitivo activista, podrá si acaso, aspirar a una revolución cultural precedida por una compleja reforma “auténticamente educativa” que forje con perspectiva una nueva generación de Mexicanos que no hayan crecido con el paradigma de la corrupción... Pero l
a historia suele dar lecciones tajantes a los profetas de oficio, la naturaleza humana versátil es capaz de aspirar a una renovación de si misma si se aleja de los vicios del egoismo y la vanidad, los valores más elevados suelen aplicarse cuando se ha tocado fondo mientras no sea demasiado tarde, y sin duda, ese fondo es el que ya está tocando México, ¿será demasiado tarde?

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